Por Natalia Gómez Quintero
EL UNIVERSAL
CD. DE MÉXICO.- Entre 1993 y 2013 han muerto cerca de 9 mil migrantes, la mayoría de ellos mexicanos, en la frontera con Estados Unidos, de los cuales aproximadamente entre 20% y 30% son mujeres y entre 10% y 20% menores de edad, asegura Guillermo Alonso, investigador del Colegio de la Frontera Norte, quien hizo una revisión de estas dos décadas en el fenómeno migratorio.
El especialista acusa, en entrevista, que las cifras exactas son difíciles de conocer y más cuando en ambos países los parámetros son diferentes. Para el periodo 1990-2003, correspondiente al National Center for Health Statistics, se contabilizó a nueve menores muertos en toda la frontera, considerando como tales a menores de 15 años, lo que representa 3% del total de las muertes.
Explica que en Estados Unidos, alguien de 16 o 17 años es un menor de edad y para algunas cuestiones se establece como límite legal los 21 años.
Evidentemente, en la NCHS se maneja el límite de los 15 años para desinflar el número de unas muertes que son ética y políticamente delicadas. En 2007 se reportaban 409 decesos y al menos 11 resultaron ser menores de edad.
El autor del libro “El desierto de los sueños rotos. Detenciones y muertes de migrantes en la frontera México-Estados Unidos 1993-2013”, señala que los más vulnerables en el camino son las mujeres, miembros de minorías étnicas, menores y adultos mayores.
Comenta que existen testimonios que señalan la insensibilidad y desprecio del coyote hacia las mujeres cuando manifestaban que estaban cansadas. Se sabe que algunas de ellas murieron abandonadas a su suerte tras caer exhaustas frente a sus hijos o esposos; otras veces fueron ellas quienes presenciaron la muerte de sus seres queridos.

Incumplen protocolo
Subraya la labor de la Patrulla Fronteriza que habitualmente se maneja con conductas parecidas cuando captura a menores de edad y mujeres embarazadas. Éstos deben ser repatriados a México en un horario de 8 de la mañana a 3 de la tarde. Sin embargo, ha habido ocasiones en que este protocolo se rompe y se deja a mujeres y niños en la frontera de Tijuana, Mexicali, El Paso o Matamoros en horarios inseguros.
También registró, a través de testimonios, la existencia de polleras o coyotas, algunas menores de edad, que trabajaban en el negocio desde el último año de preparatoria, pertenecientes a familias “respetables” que llevaban años en el negocio y que cruzaban a mediados de los 90 en sus coches por Mexicali.