Banner


Por Any Cárdenas Rojas
Colaborador / TRIBUNA
Hay un cuento en la Biblia acerca de uno de los amigos que Dios tenía en este mundo, un señor que se llamaba Enoc. Un día, Enoc y Dios fueron caminando en la playa. Caminaban y caminaban, y platicaban y platicaban hora tras hora; así como lo hacen los buenos amigos. Por fin, Enoc se dio cuenta de que ya era muy tarde y que ya habían caminado muy lejos de su casa. Por eso, Enoc vio a Dios y le dijo, "Señor, platiquemos más en otra ocasión, porque ya es tarde y debo de regresar a mi casa". Pero al escuchar esto, Dios miró a su querido Enoc y le dijo, "Mi hijo precioso, ve que ahora estamos ya más cerca de mi casa que de la tuya. Por favor, hijo, ven a mi casa conmigo". Y aquel día, Enoc fue a quedarse en la casa de Dios.

El Padre Richard dejó para siempre su silla de ruedas, su cama, el hospital y el dolor. "Ha pasado a la Casa del Padre" ¡Qué bien dicho! De eso, no hay ninguna duda... Primeramente porque creía en las palabras de Jesús en el Evangelio: "Yo soy la resurrección y la vida. Él que cree en mí, aunque muera, vivirá". Por causa de su fe, el Padre Richard descansa en los fuertes brazos del mismo Jesucristo que hizo esa promesa al Padre y a todos nosotros, si creemos en Él.

El Padre Richard, más que simplemente creer en las palabras de Jesús en el Evangelio, las puso en práctica, especialmente éstas: "Te aseguro que lo que hiciste por uno de mis hermanos más pequeños, por mí lo hiciste".

¿Quién de nosotros no fue profundamente tocado por él cada vez que nos abrazó, cuando nos dio una palmada la espalda, cuando nos pedía algo para los más necesitados?

El compromiso comunitario y espiritual lo vivió día a día con simplicidad de corazón y "sin hacer ruido" con momentos dichosos y momentos difíciles.

Un hombre de paz, de gran humildad, presencia, benignidad de misericordia y amor. Un hombre admirado por su fortaleza, capacidad de sacrificio, de abnegación y sencillez de una virtud infinita. Un testigo de Cristo generoso y auténtico. Así lo declaraban muchísimas personas que lo conocían y admiraban.

Si ya era un hombre de Dios, sus últimos años supo hacer presente a Dios de una forma muchísimo más cercana, más auténtica. Era el digno sacerdote y buen párroco. El testimonio de un hombre que lo dio todo, hasta desgastar su vida por Dios y por los hombres.

Se dice que el hombre debe mantener una serie de valores para que la sociedad funcione, pero a los sacerdotes católicos se les pide mucho más, y él lo dio todo. Esas virtudes hicieron en su tiempo de su parroquia y de todo lo que él tocaba, obras buenas de Dios.

Se nos fue un gran caballero, de exquisita relación humana, cercano y amigo, hermano. Además un misionero de cuerpo entero: 45 años de sacerdote.

No sé quién escribió que Dios ama, que gusta de gente común y corriente y que por eso ha creado tanta. El Padre Richard aparentemente llevó una vida sencilla, pero, a medida que nos acercamos con lupa y conociendo los detalles, se descubre un diamante, quizá en bruto. No sé si las personas, la mayoría o minoría, podemos ser mejores de lo que pensamos y por tanto, si se recoge, si se suma todo lo que se ha ido sembrando a lo largo de los años da un resultado positivo y se ponga al descubierto todos sus méritos. Al enfocar la mirada hacia el Padre Richard, se aprecian gestos, acciones y sentimientos que empujan a la virtud. Tal vez no hizo hechos súper extraordinarios, pero al conocer el ambiente en el que se movió algunos años y ver lo que logró e hizo con tantas personas, es para darse cuenta que Dios lo eligió desde un principio para algo muy grande.

Damos gracias a Dios por todo lo que él ha dejado entre nosotros y por el fruto que ya ha dado para la vida eterna.

En el cielo contamos con un colaborador. Un testimonio de vida imborrable para nuestra Diócesis de Ciudad Obregón, para los fieles que pudieron conocerlo de cerca y para todos aquellos que anónimamente oraron por su salud.

Un hombre sincero, de una pieza, comprometido con lo más pobres. Bueno es recordar a los que ayudan a que este mundo sea más justo y luchan por reducir las necesidades de los más débiles. Descanse en paz Padre Richard y que Jesús de Nazaret, niño, débil y desamparado en Belén, lo acoja para siempre en su regazo.