Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo


Por Any Cárdenas Rojas
Colaborador / TRIBUNA
La iglesia conmemora hoy el Bautismo del Señor. Ya decía Isaías "Miren a mi siervo, mi elegido a quien prefiero. Sobre Él he puesto mi espíritu, para que promueva el derecho en las naciones". Y eso se cumple en Jesús el día de su bautismo. Sí, Jesús también va para ser bautizado por Juan. Cuando se acerca a Juan se abrió el cielo y el Espíritu Santo bajo sobre Él en forma de paloma y se escuchó una voz que decía: "Tú eres mi hijo el predilecto; en quien me complazco".
¿Lo entendemos? Cristo ¡Ya era el Hijo de Dios! ¡Ya tenía el Espíritu Santo desde el instante de su concepción en el seno de su madre!
Pero la humanidad no lo sabíamos y era necesaria entonces la intervención del Padre para presentar a su Hijo entre los hombres dotándolo de todos los poderes, o mejor dicho, del único poder necesario para la salvación de los hombres: "La presencia del Espíritu Santo".
Es el mismo Dios quien testifica que Jesús es su hijo amado, y ni así lo reconocen como el Mesías. Juan si lo sabía y por eso proclamaba: "yo no merezco desatarle las correas de sus sandalias". Juan el Bautista nunca se tomó el lugar del Mesías, aunque muchos lo consideraban así.
Y si Jesús era el hijo de Dios, también lo somos nosotros por nuestro bautismo. Es el bautismo el que nos brinda, además, la oportunidad de entrar a formar parte de la familia de Dios. Y para nosotros debería ser el compromiso de vivir como hijos de Dios y hermanos de Cristo cada día de nuestra vida. Pero también a veces somos incapaces de aceptar este compromiso porque estamos demasiados "ocupados" en las tareas de este mundo.
Sin embargo el Señor nos brinda hoy una nueva oportunidad. El Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana.
Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. También nosotros como bautizados debemos de renacer del agua y del espíritu para convertirnos en hijos de Dios.
Todos los bautizados tenemos una misión que cumplir; ser auténticos discípulos de Cristo, debemos de extender el Reino de Dios. Por el bautismo se llega a los demás sacramentos, el bautismo es la puerta por la cual se comienza una vida cristiana.
El bautismo es una necesidad: Jesús mismo afirma que el bautismo es necesario para la salvación: "El que no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar al Reino de los Cielos". Por eso Jesús mandó a sus discípulos a anunciar el Evangelio y a bautizar a todo mundo en todas las naciones.
El bautismo cristiano es ciertamente "una puerta de entrada" a la comunidad eclesial y a la participación en la filiación de Cristo. Es una gracia absolutamente inmerecida, un don que compromete, un privilegio que exige una responsabilidad de cara al mundo. Si se recibe el Espíritu de Cristo, entonces se recibe el Espíritu del que no aplasta ni vocifera, del que debería ser humilde y no soberbio, del que no impone su verdad ni amenaza con el castigo a los que no escuchan su mensaje, sino que es firme en la fe que recibe.
Este es en definitiva, el sentido del bautismo de Jesús, enlistarse en el proyecto de Dios Padre, que es la vida en abundancia de todos los hombres y mujeres de la historia. Celebrar el bautismo del maestro de Galilea, tiene que llevarnos a comprender la invitación profunda que este acto de Jesús nos hace: renunciar a nuestros egoísmos, tomar su cruz cada día, seguirlo y si es necesario perder la vida por su causa. Estar bautizados, por lo tanto, implica unirse al proyecto de Jesús, que es el mismo proyecto de Dios, de manera sincera y seria. Jesús no pone condiciones teóricas, sino que presenta el ejemplo personal.
A eso estamos llamados todos los que hemos sido invitados al Bautismo en la Iglesia. A entregar toda nuestra capacidad para la salvación de todos los hombres. Los bautizados estamos llamados a dejarnos guiar por el Espíritu Santo de Dios y no por las solas fuerzas naturales, para conseguir la paz que a lo humano vemos cada día más lejana.
Juan el Bautista nos enseña a tomar el lugar que nos corresponde en el plan de la salvación; debemos asumir con humildad que somos inferiores en comparación con el Mesías. Jesús mismo nos enseñó que debemos humillarnos para que seamos exaltados a su tiempo, a no buscar los primeros lugares, eso le toca a Dios. Muchos hombres en la historia han tomado un lugar equivocado, se han adueñado del lugar de Dios. Esto ha traído consecuencias graves, el egoísmo, la imposición de criterios, el abuso del poder, la destrucción del otro, el desorden personal y comunitario. Juan el Bautista nos enseña a decir: "Existe otro más poderoso que yo, porque ya existía antes que yo".
Afortunadamente también nosotros hemos recibido este don maravilloso. Pero, ¿cuántos somos conscientes de este regalo tan extraordinario y nos acordamos de él con frecuencia para darle gracias al Señor, para renovar nuestra fe con el rezo del Credo y ratificar nuestro compromiso cristiano?
El bautismo imprime carácter, es decir, el bautismo se recibe una sola vez y para toda la vida. Dios cuenta con nosotros para que mostremos un camino de santidad; Dios necesita nuestras manos, nuestros pies, nuestra boca, nuestra inteligencia, para ir al encuentro de los demás... ¿Ya estamos listos para comenzar una vida cristiana como Dios manda?
Pensar en el Bautismo de Jesucristo, el Dios hecho hombre, nos debe llenar de gran humildad: si todo un Dios se humilla hasta pedir el Bautismo de conversión que San Juan Bautista impartía a los pecadores convertidos... ¿Qué no nos corresponde a nosotros, que sí somos pecadores de verdad?

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