Por Any Cárdenas Rojas
Colaborador / TRIBUNA

Se nos presenta una vez mas el Domingo de Ramos, no como un domingo cualquiera, sino como un domingo de meditación sobre aquello que se relaciona con Jesucristo, Hombre, Señor y Rey. La procesión de ramos no es simplemente para recordar cosas que sucedieron. Es una forma de unirnos todos los que creemos en Jesús, para comprometernos juntos a seguir su ejemplo.
Y lo cierto es que, en estos días, hace dos mil años, un hombre entregó su vida por amor a todos los hombres para su salvación. Esto no pasa desapercibido para muchas personas, ni para la historia del mundo... nos guste o no... lo entendamos o no. Esa, "su vida" hasta el calendario lo marca con orgullo.
Hoy día hay todavía quienes se cuestionan: "¿Quién es realmente Jesús?" muchos ignoraban y se cuestionaban sobre la identidad de Jesús durante su ministerio aquí en la tierra. Aún cuando Cristo mismo declaraba que era el hijo de Dios, muchos se preguntaban y cuestionaban su identidad... y muchos lo siguen haciendo hoy.
Mientras Jesús se acercaba a Jerusalén montado sobre un burrito, las personas se preguntaban quién era. Muchos se llenaron de júbilo y alegría ante su presencia, mientras otros miraban con asombro. Las personas de corazón recto salieron a recibir a Jesús con himnos y alabanzas. Aquellos que conocían a Jesús tendieron sus mantos y palmas sobre el suelo en su honor. Fue una entrada grandiosa, y al mismo tiempo, humilde.
Una gran multitud rodeó a Jesús, y con ramos de olivos y de palmeras, lo acompañó en su entrada en la ciudad, entre cantos y aclamaciones.
Ese pueblo sencillo, reunido y agradecido reconoce la nobleza de Jesús, y lo aclaman: "¡Bendito el que viene en nombre del Señor!"... dice con toda razón la gente. Pero no faltaban en medio de la multitud los orgullosos fariseos que se consumían de envidia e indignación al presenciar el triunfo del Señor. Y éstos pedían a la multitud que se callaran, pero Jesús les respondió: "Si éstos callan, gritarán las piedras". De ellos y de mucha gente Jesús había dicho:
"Me dan pena, porque andan como ovejas que no tienen pastor". A ellos Jesús les había dirigido su mensaje, les enseñaba con paciencia, les había realizado milagros, multiplicando el pan, curando los corazones afligidos, sanando los cuerpos enfermos... ¡Pero pudo más la manipulación!
Jesús aceptó el homenaje de fe de su pueblo, sabiendo que se acercaba "su hora", en la que daría su vida para ejemplo de todos, en la soledad y pobreza de la cruz.
Y un gran ejemplo fue el del burrito. Que igual que sus hijos "los burritos", se distinguen por ser obstinados, se mueven si quieren. Pero este burro que nunca había sido montado ni domesticado, se sometió a la autoridad de Cristo. Al hacer esto, el burro testifica que Jesús es el Señor.
Dios utiliza cada oportunidad para demostrar su majestad. Una prueba de la autoridad de Cristo se encuentra en la obediencia humilde del burro a una orden de Jesús. ¡Hasta el burro sabía quien era él!. Algunos viven diciendo que no hay un Dios misericordioso y bueno que nos ama. Podrán negar su autoridad como hicieron los fariseos pero aún así... ¡Lo reconocían!.
Los pobres lo reconocían y los ricos y los publicanos y los fariseos y los discípulos y hasta el burro reconoció que Jesús era Señor de Señores.
Nosotros podemos reconocerlo también. Sin embargo a unos cuantos días cuando Jesús estaba entrando a la ciudad, cuando la gente lo aclamaba y gritaba "Hosanna, bendito es el que viene en el nombre del Señor". Esas voces de celebración se convirtieron en gritos de crueldad cuando le gritaban "sea crucificado".
Es consciente de que va al encuentro de la muerte y no recibirá una corona real, sino una corona de espinas. Lo que parecía ser el fin para algunos, se convirtió en el comienzo para todos aquellos que creyeron y creen hoy todavía. El Hijo de Dios sufrió muy duros momentos en que la muchedumbre lo criticaba malvada y desconsideradamente y hasta pasó momentos de violencia de parte de ella. Sin embargo: ¡triunfó!.
Está por ellos, para ellos, a favor de ellos, como está ahora junto a nosotros.
El Domingo de Ramos es Domingo de Palmas, de aclamaciones al Señor. Su presencia nos ha liberado de todos los falsos reinos del mundo.
Ahora somos libres de la única manera que podemos ser libres los hombres: ¡Libres para amar, para servir, para obedecer y para seguir! A todos, por una especial providencia de Dios, nos toca ser los creyentes en Jesucristo que lo seguimos y tratamos de reproducir en nosotros. Los primeros discípulos, que no contaban hasta ese momento con la presencia del Espíritu Santo en sus vidas, abandonaron a Jesús en el momento de ser sacrificado, ejecutado en la cruz. Nosotros, su iglesia... no lo abandonemos...
Así pues, todo lo que los hombres desean, la justicia, la paz, la unidad, el encontrarse con Dios después de la muerte; tiene su meta y respuesta en Jesús... que murió y resucitó por nosotros. Seguir e imitar su vida es el camino para lograr todas las metas, aunque ese camino nos lleve posiblemente a compartir su cruz, que todos tenemos, pero a sabiendas que caminamos hacia el triunfo de la resurrección... ¡Que todos tendremos!.

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