Por Guadalupe Loaeza


¡Impresionaoooos!

Nadie se quería despedir. Todo el mundo estaba muy contento. A pesar de que muchos de los invitados habían llegado puntualmente a las nueve de la noche a la recepción que la Embajada de México ofrecía en honor de Elena Poniatowska, por el premio Cervantes, la mayoría no se podía apartar del buffet instalado en medio de un gran comedor de la residencia. A lo largo de una mesa muy larga, cubierta con un mantel precioso, los meseros iban y venían mientras rellenaban por tercera vez los platones de camarones de coco y amaranto con salsa de mango y chile piquín, elotitos tatemados con mayonesa de epazote, ceviche, taquitos de pato con mole negro oaxaqueño y panuchos de cochinita pibil y salsa habanera. Por lo que a mí respecta, confieso que me serví varias veces algunos postres como: trufa de mezcal, natilla de vainilla de Papantla y panquecito de elote con rompope de piñón rosa. Todo estaba tan rico, tan rico que Elena le pidió a la embajadora, Roberta Lajous, felicitar personalmente a la chef, Jesica Molina León. De repente, apareció en la sala una joven muy guapa, vestida con su traje blanco en cuyo cuello se veía bordada una pequeña bandera mexicana. "Cocinamos toda la noche", nos dijo muy sonriente.
Eran cerca de las once de la noche y todavía se paseaban por los salones muchos invitados especiales. Allí estaban disfrutando de un mezcalito: Evelio Acevedo, director del Museo Thyssen-Bornemisza; el embajador de Polonia en España; José Rodríguez-Spiteri, presidente de Patrimonio Nacional; José María Lasalle, secretario de Cultura de España; Raúl Morodo, quien obtuvo el Águila Azteca, Fernando Galván, rector de la Universidad de Alcalá de Henares.
Finalmente, los invitados empezaron, poco a poco, a despedirse de la embajadora y de la escritora. En la sala nada más estábamos Celia Chávez, viuda de García Terrés; el notario mexicano Joaquín Talavera y su esposa, Marta Lamas, Paula y su marido, Pável y yo. Elena se encontraba sentada en medio de un sillón, de pronto, se acercó a nosotros, Roberta Lajous, vestida con una falda negra larga y un huipil bordado precioso, se sentó en la mesa de centro y con una enorme sonrisa le dijo a Poniatowska: "Elena, yo estoy aquí gracias a ti. Porque tú nos abriste camino a muchas mujeres.
Cuando te escuchábamos y leíamos tus libros, nos decíamos que entonces sí era posible lograr nuestras metas. Yo te estoy muy agradecida, porque me inspiraste, me estimulaste y lo más importante, me enseñaste a ser perseverante y a creer en mí. Por eso pude ser la primera embajadora mujer en un País tan importante como España". Elena escuchaba a la embajadora Lajous, emocionada. Las que estábamos allí presentes, de alguna manera, también le queríamos decir lo mismo. Nos limitamos a coincidir con Roberta. No obstante opinamos que aún hacían falta muchas mujeres gobernadoras, legisladoras y embajadoras.
El periodista mexicano Jordi Soler unas horas antes del cóctel le realizó una entrevista a Elena Poniatowska en la sede del Instituto Cervantes. Me llamó la atención que los interiores de este imponente edificio eran muy similares a los de Bellas Artes. En las paredes se encontraban colgadas las fotografías de los otros ganadores del premio, como Octavio Paz, Juan Carlos Onetti, María Zambrano, entre muchos otros. (Seguramente se encontrará colgada muy pronto la foto de Elena). Había tanta gente que Pável Granados, Andrés del Arenal y yo tuvimos que ver la entrevista en el circuito cerrado que se instaló en el vestíbulo. Los tres llegamos a la conclusión de que había sido la mejor conversación con Elena, porque la escritora pudo hablar sobre su vida, familia y amigos. Fue muy emotivo cuando habló de sus nietos, especialmente de Lucas. "Él es mi proyecto personal. Quiero vivir muchos años para estar con él y saber qué será de su vida", decía la galardonada muy contenta. De pronto Jordi le preguntó sobre la religión: "Mi madre perdió a un hijo, Jean, y la religión la ayudó a vivir. Por eso respeto mucho ese sentimiento. Aunque me da un poco de pudor hablar sobre este tema, porque mi hijo mayor, Mané, quien está aquí presente, es doctor en Física y no es religioso". El siguiente tema que planteó Jordi tenía que ver con el español que aprendió Elena a los 10 años: "A mí me gusta mucho el español de México. Cuando le pregunté a Jesusa Palancares, la protagonista de Hasta no verte Jesús mío, cómo era su papá, me respondió: ‘No era ni alto, ni chaparro, ni gordo ni flaco, sino más bien apopochadito'. Esa inventiva que tiene el mexicano, siempre me ha fascinado". Los españoles que se encontraban estaban felices escuchando las anécdotas de Elena. Después de la entrevista, algunos de ellos me comentaron que Elena era un descubrimiento ya que sus libros no se distribuyen en España: "Es una pena. Ojalá que sus editores mexicanos se encarguen de distribuir sus obras en Europa. ¡Porque la verdad es qué nos ha impresionaoooos!"

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