Federico Osorio Altúzar
PASADO Y PRESENTE DEL ‘ACUEDUCTO
INDEPENDENCIA’



Lo que parecía enigma difícil de resolver, se despeja de una vez por todas. En el largo y lóbrego acueducto para trasvasar agua de “El Novillo” a Hermosillo, resplandece al final la luz. Aunque falta el resultado de la consulta a la Tribu Yaqui, la directamente involucrada. Aquello de “los primeros en tiempo, han de ser primeros en Derecho”, podría lograrse, en la forma aunque no en el tiempo.
Pese a las sobrias observaciones y los sabios criterios de Hipócrates, el genial médico de la antigüedad, sobre el examen previo y el diagnóstico, se presenta éste, pero sigue en vías de realización la consulta, incurriéndose en un error de método, el “ex post facto”, literalmente: después de hecho.
Más vale tarde que nunca, se dice. Sin embargo se precisa el dicho, diciendo: Vale más nunca tarde.
En el caso del Acueducto Independencia, todo ha ido de adelante para atrás. En vez de comenzar por el principio, como acostumbran hacer los ingenieros y los arquitectos, se empezó la obra sin planos, sin un proyecto técnicamente validado por expertos. Se allegaron recursos financieros, materiales y albañiles, contratistas de “cuello blanco”, a fin de poner en marcha, con premura, la construcción. No se sabe la razón y el por qué. Jamás se tomaron en cuenta las condiciones de rigor: las disposiciones legales y administrativas. No se llevó a juicio de ambientalistas y de especialistas en asuntos hidráulicos, la viabilidad de la obra.
En menos de un lustro. Ya tardíamente, se descubrió que el paciente, es decir, el Acueducto, no tenía identidad jurídica, no contaba con “papeles” que le atribuyeran personalidad. Por lo tanto, le faltaba rostro y autenticidad; en suma, circulaba al margen de la legalidad. Carecía de requisitos previos, los que permiten al sujeto o persona andar a la luz del día, con aires propios de libertad y responsabilidad. Inclusive el Acueducto se bautizó, siendo aún “nonato”.
Acaba el paciente, en el caso el Acueducto, de pasar las pruebas de rigor, otra vez “ex post facto”, y los profesionales responsables formulan sus diagnósticos que van desde los datos materiales hasta los criterios legales, coincidiendo, en términos generales, acerca de irregularidades (lesiones, violaciones, daños y efectos) que no son de leve curación y reparación, pero que habrá de intentarse dado que el enfermo respira aún y muestra signos vitales positivos.
A pesar de que no se han adjuntado datos por parte de los directamente involucrados o cercanos, los resultados de la consulta que debiera haberse efectuado antes de poner mano a la obra, los técnicos autorizados (CONAGUA, por ejemplo) presentan un informe o dictamen que da mucho en qué pensar sobre el futuro del paciente.
Se habla de irregularidades que contribuyen a que el remedio sea más caro que la enfermedad. Por ejemplo, hay tubería mal colocada y tendidos de ductos en lugares expuestos al tránsito de excesiva carga. Se advierte acerca de posibles y graves desperfectos que causan inseguridad entre habitantes de los asentamientos humanos dispersos.
El diagnóstico no dice nada acerca de lo que pueden esperar los usuarios en caso de que haya decisiones drásticas y nada deseables. Se espera, no obstante, el fallo de una resolución salomónica. Es decir, una decisión equitativa, de justicia jurídica, humana, que tome en consideración que la controversia no trata de cosas, sino de personas: unas, que requieren del vital líquido como insumo para la agricultura; otras, que dependen del suministro para el indispensable consumo doméstico.
Se vive el presente con ánimo diverso, entre las familias del Norte de la Entidad y del Sur. Pero falta el sabio Salomón. Esperemos que surja, con oportunidad y pulso sensible y justiciero para bien de todos en el inmediato porvenir.
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