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Por Nicole Winfield
THE ASSOCIATED PRESS
SEÚL.- Cientos de miles de personas asistieron el sábado a uno de los actos más importantes de la visita del Papa Francisco a Corea del Sur: la beatificación de 124 coreanos asesinados por su fe hace más de dos siglos.
Las calles que conducen a la emblemática Puerta de Gwanghwamun de Seúl estaban atestadas de coreanos que rindieron homenaje a los católicos laicos ordinarios que fundaron la iglesia en el siglo XVIII en la Península Coreana.
La Iglesia Católica en Corea tiene como distintivo único que no la fundaron misionarios o sacerdotes que trajeron la fe a la península ni convirtieron a la población, como ocurrió en la mayor parte del mundo, sino que la establecieron miembros de las propias clases nobles de Corea que aprendieron la Cristiandad mediante la lectura de libros.
Estos primeros católicos fueron asesinados en los siglos XVIII y XIX por la dinastía Joseon, que intentó erradicar la influencia occidental de la Península Coreana.
La multitud aclamó cuando Francisco declaró beatos a los 124 coreanos, el primer paso para que alguna vez puedan convertirse en santos. En medio de un clima nublado y brumoso, muchas mujeres entre la muchedumbre llevaban velos de encaje; otras utilizaban viseras de papel para el sol que tenían escritas las palabras “Papa Francisco”.
La escena era impresionante: miles de personas estaban ordenadamente separadas en secciones por barreras distantes de un altar, instalado frente a la Gwanghwamun, la puerta sur del palacio Gyeongbokgung, en cuyo fondo sobresalía hacia lo alto la montaña Inwang y en las cuestas inferiores la Casa Azul presidencial.
La policía con chalecos verdes vigilaba las barreras en tanto que voluntarios distribuían agua para hacer frente al calor y la humedad.