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Gabriel Guerra Castellanos

No hace mucho tiempo, caros lectores, el Informe Presidencial (así, con mayúsculas) era un acontecimiento que ameritaba un día feriado: no había clases, canales de TV y estaciones de radio se enlazaban a una cadena nacional, y el País entero aguardaba, con una mezcla de tedio, interés y preocupación, lo que el mandatario en turno tuviera que decirle.
Casi siempre el ganador era el tedio. Largos, interminables discursos, llenos de cifras inconexas que apuntaban a demostrar el excepcional año que se había vivido. Los avances reseñados y los aumentos porcentuales lo mismo en producción agrícola que en casas o carreteras construidas eran tales que, si alguien se diera a la tarea de sumarlos, descubriría que en realidad México era el País más próspero del mundo.
No se estilaban en ese entonces las encuestas en nuestro País. Apenas hicieron su aparición en el debate y el escenario público en los años noventa, por lo que no pudieron capturar la universal veneración por los presidentes de antaño que los medios de comunicación nos explicaban diaria y profusamente.
No extraño esas épocas ni tantito. Aun siendo niño me daba yo cuenta del engaño, de la ficción en la que vivíamos. Recuerdo vivamente haber escuchado una conversación entre un candidato presidencial y un presidente de su partido, el PRI, en que el primero preguntó al segundo, palabras más, palabras menos, que cuantos votos obtendrían si las elecciones fueran libres y limpias. La respuesta fue de antología: “no sabemos, señor candidato...”
Ese no saber, en ese no medir, reflejaba el desdén de un régimen por sus gobernados. Y ahí se escondía, también, el secreto de su futura derrota: un Gobierno o un partido que no conoce el sentir de la gente está condenado al fracaso.
Con el paso del tiempo la relación entre informes y encuestas se ha transformado hasta prácticamente invertirse: los presidentes ya no acuden al Congreso a leer interminables textos y recibir abyectas pleitesías. Debemos agradecer eso, al menos en parte, a Porfirio Muñoz Ledo, quien en 1988 interpeló al Presidente saliente, Miguel de la Madrid. Ese fue el principio del fin de esas lamentables ceremonias.
Lo contrario sucede con las encuestas, que de no existir han pasado a ser el santo grial de la política mexicana. Todo mundo mide, evalúa y opina en función de lo que dicen. Más aún, las encuestas han pasado a suplir en muchos casos los mecanismos de selección de candidatos de los partidos, y seguramente muchas acciones de Gobierno giran a su alrededor.
Esto último no es tan bueno. Primero porque las encuestas no son, ni de lejos, una ciencia exacta. Son en el mejor de los casos una fotografía instantánea del momento político o social, pero con frecuencia pueden estar alejadas de la realidad, ya por fallas de metodología o por la naturaleza cambiante de la opinión pública, además de que no ven el mediano y largo plazo.
Los políticos que basan su actuar predominantemente en los sondeos deberían recordar que su papel no es obedecerles sino darles forma: para eso son las elecciones, un contrato de tres o seis años para realizar algo, no para complacer al momento.
Las encuestas, si están bien hechas, son una excelente brújula para los políticos, pero algunos las confunden con un aparato de piloto automático que los releva de toda responsabilidad a la hora de tomar decisiones difíciles.
Los medios están llenos de mediciones y análisis de cara al segundo informe del Presidente Peña. Qué bueno que lo hagan, siempre y cuando recuerden que la realidad y el futuro del País dependen de algo más que de una instantánea. Es la película completa la que todos terminaremos viendo, y sobre la cual deberemos juzgar.
Twitter: @gabrielguerrac